Eco-relatos patéticos en el Antropoceno y las huellas del tiempo en la lectura del espacio: la tejuela de alerce en el sur de Chile

Pedro Pablo Achondo Moya1

1 – Planteamiento del problema: Antropoceno, tiempo, espacio. Territorios en devenir y la dimensión patética

1.1 Antropoceno y crisis civilizatoria.

El modo de habitar predominante nos ha llevado a una crisis civilizatoria (Stengers, 2017; Svampa, 2008), a un modo de habitar que se enmarca en prácticas concretas conformando lo que se ha denominado Antropoceno (y la interesante discusión que ha derivado). Para Enrique Leff nuestra era nos exige pensar la forma en que habitamos el planeta, pues “los modos de comprensión del mundo (del Logos y la Razón) han desencadenado el desfondamiento de las condiciones de sustentabilidad de la vida y la degradación de la existencia humana”. Por eso la ineludible pregunta por la cuestión ambiental se transforma en la pregunta de nuestros tiempos, en cuanto cuestionamiento y crisis de comprensión de las condiciones de vida (2018: 34-38). En definitiva, el llamado Antropoceno, en cuanto tiempo geológico producto de la intervención humana, ha provocado un daño irreparable en el sistema Tierra y una perturbación (Tsing, 2019) en la manera en que tradicionalmente concebimos las temporalidades y escalas. El Antropoceno puede, así, ser comprendido como la huella antrópica en el planeta que habitamos. Una capa producto de la acción humana que ha derivado en una situación de una complejidad sin precedentes.

Anna Tsing define la condición del Antropoceno como el sufrir (afectivo y material) de la enfermedad de otras especies (2017: 4). Condición que compartimos humanos y no humanos. No refiere solo a las perturbaciones humanas respecto de la naturaleza, pues eso siempre ha sido así e incluso no es exclusivo de la actividad humana. El Antropoceno refiere a la escala, a la magnitud de dicha perturbación y por tanto a las posibilidades de continuar con vida. De ahí que el filósofo inglés radicado en Estados Unidos, Timothy Morton, afirme que el concepto de Antropoceno es el primer concepto totalmente anti-antropocéntrico (2016: 24). 

Esta modificación en las escalas para comprender lo humano ha traído como consecuencia o se ha manifestado en términos de un Calentamiento Global y Cambio Climático, pero también a través de grotescas injusticias territoriales, violencias sistémicas, sacrificios eco-sociales y por qué no, en la proliferación de un virus a escala planetaria. Es ahí, en las ruinas (Tsing, 2017), donde surge la pregunta por la relación entre lo humano y lo no humano (Morton, 2010/2019; Carman, 2017) y las posibilidades de generar un habitar con futuro y sentido (Jonas, 2004).

Dado lo anterior, el Antropoceno desafía a “pensar la crisis ambiental y lo por-pensar” (Leff, 2018), en vistas de un futuro para la vida, construyendo territorios en devenir, con sentido y en cuanto comunidad (humana y más-que-humana) de destino (Jonas, 2004).

1.2 La relación humano y no humano como tensión y problema en el Antropoceno.

La aproximación epistemológica que me interesa está lejos de ser dualista o comprender la naturaleza como separada de la cultura; muy por el contrario, la propuesta busca situarse en la tensión entre diferencia y continuidad. Somos naturaleza, humanos y no humanos. Al decir del ecoteólogo brasilero, Leonardo Boff: “somos Tierra que siente, piensa, ama, cuida, venera” (2012: 92) y desde allí nos relacionamos con esas alteridades sin las cuales no podemos vivir. El filósofo italiano Emanuele Coccia (2017) dirá que “dependemos del planeta de la misma forma en que el planeta depende de nosotros”, adoptando una distancia de ciertas posturas biocentristas o ligadas a la deep ecology. Al mismo tiempo, nos entendemos como una alteridad respecto de las plantas y animales y, en general, respecto de lo no humano. Si, en alguna medida, el otro humano es ya una alteridad infinita e inalcanzable (Levinas, 2002; Basset, 2004), ¿qué se puede decir de un árbol, una flor o un pájaro? ¿Hasta qué punto es posible acceder a la forma en que un ser no humano se relaciona, interactúa e incluso espera o acoge? 

Será interesante problematizar la multitud de discursos ecológicos presentes respecto de la naturaleza o naturalezas y el lugar del ser humano en ella. La filosofía y la teología en diálogo con la ecología y la geografía, pueden ser un aporte importante en esta discusión. Los cruces y el diálogo entre los “saberes” implicados: geografía, filosofía y ecología, sobre todo; serán abordados tanto en la construcción teórica como en la metodología a utilizar. Es decir, el territorio también dará cuenta de una filosofía (comprensión y experiencia de la realidad) presente, y las relaciones ecosociales permitirán comprender mejor el territorio y las territorialidades (Haesbaert, 2011) en cuestión.  

El Antropoceno acentúa la tensión de la referida diferencia y continuidad al perturbar los ecosistemas. Ello permite que surjan otras variables, se destaquen otras prácticas y adquieran importancia nuevas preguntas ligadas a los territorios y las relaciones entre lo humano y lo otro-que-humano (Rozzi, 2017), lo más-que-humano, lo no humano (Morton, 2010/2019; Carman, 2017; Viveiros de Castro, 2014; Latour, 2005; Ingold, 2018; Braidotti, 2013), lo in-humano y lo humano-como-humus  (Haraway, 2016). 

1.3 Perspectivas del habitar: la dimensión patética como lectura y posibilidad.

En la construcción de los vínculos y territorialidades el sentir, la afectividad, el cuerpo y las emociones juegan un rol fundamental. Este sentir puede ser comprendido de manera más amplia como pathos (Henry, 2007; Boff, 2012; Basset, 1999; Leconte, 2012). Y al referirnos al habitar humano y no humano, debiéramos hablar de un pathos ecosocial. Como pathos entendemos, preliminarmente, todo movimiento humano afectado por la relación con lo no humano manifestándose en una auto-afección. Esta auto-afección produce un “estado del alma” (Aristóteles, 1988), una alteración de la propia persona cuya percepción y auto-percepción es modificada por la alteridad de lo no humano. Este estado “alterado” o “afectado” permea todas las pasiones humanas y por tanto su forma de estar y de ser. Es decir, pathos y ethos van de la mano, y lo entendemos de forma más amplia que el sufrir o padecer. Más bien alude a la afectación humana proveniente del medio y la vida no humana que se traduce en comportamientos, decisiones, prácticas e inclinaciones vinculadas al habitar. Guattari, en esta línea, advierte de la importancia de “quedarse con el problema” (Haraway, 2016) y enfrentarse a la subjetividad y su finitud, su dolor, su deseo y su muerte (1989/2017: 47).      


Para entrar en el análisis de la relación humano y más-que-humano se ha escogido la vía del sentir o, como se ha denominado, la dimensión patética de la relación. Esta opción se debe a dos razones bien concretas:

1. Permite entrar en dichas relacionalidades desde lo afectado, lo degradado o descompuesto (el sentir en su versión negativa) y también desde los vínculos que fortalecen el cariño, la afección y alimentan la vida (el sentir en su versión positiva); ya que los territorios están permanentemente afectados por deseos, proyecciones, intencionalidades y gustos (Guattari, 2017; Andermann, 2018; Bachelard, 2000).

2. No son muchos los estudios o investigaciones que piensen interdisciplinariamente la relación humano y no humano desde el pathos en tiempos del Antropoceno; y ello puede ayudarnos a proyectar otras formas de relacionamientos entre el ser humano y el medioambiente. Se han verificado aproximaciones etnográficas de la relación humano y no humano (Skewes, 2019; Razeto et al., 2019), estudios desde la ética biocultural (Rozzi, 2017, 2019a, 2019b) donde se ha trabajado el vínculo ético y territorial entre lo humano y los otros-que-humano. También un interesante estudio de Alice Poma (2017) sobre el papel de las emociones en la defensa territorial y junto a Tommaso Gravante (2013) un estudio también sobre las emociones, la protesta y el cambio social. Estos últimos más enfocados desde una perspectiva psicológica y de la ecología política. No se han encontrado estudios donde la dimensión de la afectación (pathos) sea comprendida como un actor relevante en la relacionalidad humano y no humano en la construcción de territorialidades.

Cabe señalar que algunos autores vinculados a la filosofía abordan la dimensión sensible y sintiente de lo no humano (Ingold, 2018; Coccia, 2011, 2017, Leff, 2018) sin denominarla pathos (por las razones explicitadas más arriba en lo que dice respecto a lo degradado, afectado, alterado) ni tampoco en relación con el territorio. Algo similar, pero desde otra mirada, ocurre con el extraordinario trabajo de Javier Auyero y Débora Swistun (2008) sobre el Sufrimiento Ambiental. Si bien la dimensión del pathos está presente, no es trabajada como el “entre”, como lo que acontece en la relación de afectación, ni como si el sufrimiento fuera compartido con el ecosistema. El medioambiente sigue siendo un afuera y el sufrimiento algo propio, al menos en este trabajo, de los humanos. Ambos trabajos, el de Auyero-Swistun y el de Poma ya comentado, están más ligados a una “sociología ambiental” y política. No cabe duda de que hay aspectos en común y que pueden ser de mucha ayuda para la investigación que presentamos, tales como la mirada ética, la importancia de la experiencia y la posicionalidad, lo situado y padeciente. Estos estudios poseen una mirada “desde abajo”, propia de la filosofía y teología de la liberación, con las cuales se ha trabajado en otras investigaciones. Siguiendo con el trabajo de Alice Poma, la dimensión afectiva es trabajada desde las emociones, vínculos sociales y estados de ánimo. Aquí la afección posee un “móvil ecológico” pero no consiste en el lazo simbiótico o simpoiético, para usar la expresión de Haraway (2016a), que genera un ser, un aparecer y un estar.  

Para llevar a cabo esta investigación se ha optado por escudriñar las territorialidades de quienes han dedicado su vida a la confección de tejuelas de Alerce. Un oficio casi extinto en el sur de Chile. La elección de este caso se debe sobre todo a la tejuela de alerce y la red de relaciones que se configuran en torno, a partir y a través de ella; en la cual participan temporalidades diversas y espacios variados (bosques, comunidades, trayectos, bodegas de forestales, talleres, casas, iglesias. Ver imágenes). Leer las huellas del Antropoceno en esta malla (Morton, Ingold) para “mirar de otra forma el territorio” es lo que nos interesa. Dicho de otra manera, levantar la “capa” afectiva y afectada del territorio a partir del seguimiento de las tejuelas de alerce.




[imágenes 1-6. Créditos: Isidora P. Ayala Conejeros/ Pedro Pablo Achondo M. 2020]

Después de una indagación bibliográfica, sobre todo, en los trabajos de Anna Tsing (2015a, 2015b, 2017, 2019) y su grupo interdisciplinario de antropólogos ligados a la Universidad de Aarhus en Dinamarca, identificamos cuatro aspectos o dimensiones posibles de leer a partir del pathos ecosocial: 

1. Un proceso de conflicto/daño/descomposición/crisis.

2. La presencia de un “cementerio”, en el sentido de bosques que ya no están, árboles que fueron importantes y ya no existen y un oficio que apenas continúa en su forma original, dónde, además, dada la precariedad y dureza, hay muertos. El tiempo registrado en las temporalidades de lo más-que-humano, y en las fechas del pasado humano. 

3. Una territorialidad donde interactúa, en un enjambre de relaciones, lo humano y lo no humano. Territorios donde aparecen especies en peligro o amenazadas que son significativas para los humanos.

4. Lo que Anna Tsing (Tsing et al., 2017) llama “fantasmas y monstruos” del Antropoceno: leyendas, pluralidad de saberes, diversidad de epistemologías, simbiosis ecológicas, nuevas formas e interacciones producto de la perturbación antrópico-geológica. 

La red de relaciones e interacciones espacio temporales de la tejuela de alerce, donde interviene un oficio con historia, rostros e identidades; la vida anterior de la tejuela en forma de bosque de Alerce y los sucesivos trayectos que se van formando configuran la territorialidad que buscamos para realizar el trabajo de investigación (ver figura 2). 


La figura 2 pretende expresar la multiplicidad de interacciones y la red de relaciones que se pueden establecer entre el Alerce en cuanto árbol individual, el bosque de alerces, el humano que se enfrenta al Alerce para ejercer su oficio de tejuelero y la compleja sucesión de interacciones hasta que el Alerce deviene en un conjunto de tablas y finalmente en una tejuela. Lo mismo podemos decir de los actores presentes en los territorios y la diversidad de ontologías o epistemologías que puedan encontrarse respecto del oficio y del bosque en sí. La tejuela puede finalmente ser considerada como el final de una cadena ecosistémica humano no humano; tejuela que puede terminar en una Iglesia en Chiloé o en los hogares de las familias en Contao, por ejemplo. Sin embargo, ¿Hay un final en la cadena ecosistémica? ¿Acaso las interacciones no continúan prolongándose en el habitar de las familias, el pathos de los propios tejueleros y sus casas, la relación de los turistas con las tejuelas de alerce y el paisaje cultural creado a través de ellas? No es posible que la tejuela vuelva a ser alerce, sin embargo, el contexto del Antropoceno nos invita a “pensar más allá”, “de otras formas”, extremar el lenguaje y los conceptos, quebrar la discursividad a través de la imaginación, la curiosidad y la afectividad (Tsing, 2015a: 5-9); por lo que no sería descabellado asumir ideas o figuras como el “bosque de tejuelas”, “el cementerio de tejuelas” o escudriñar en la dimensión patética del tejuelero que vive su vida espiritual observando la Iglesia que él mismo permitió que existiera.

El Antropoceno ha venido a quitar el velo romántico de un habitar “limpio”, instalándonos en lo tóxico, en lo monstruoso, donde cohabitamos con fantasmas y seres ignorados. Allí se busca instalarse para revalorar el fuego de la vida (Leff, 2018) y descubrir el arte de habitar en un planeta dañado (Tsing et al., 2017).

Si bien todo territorio puede considerarse “patético” en el sentido de que siempre hay afectos presentes en las relaciones humanas y no humanas, lo que me interesa mirar es de qué forma esta dimensión del pathos constituye un componente primordial en la construcción de territorialidades y, sobre todo, ver la manifestación del pathos en contextos dramáticos, en ecosistemas donde seguramente se encuentra exacerbado. Dicho de otro modo, no es la naturaleza padeciente la que interesa por sí sola ni el padecer/sufrir/afectarse que pueda experimentar la comunidad humana o una persona en particular; sino la relación que desde allí se genera entre dichos agentes. Pues es la relación la que permite que surja lo otro, lo nuevo, esto es el sentido y futuro como una posible territorialidad de esperanza (un nuevo ethos). Tim Ingold hablando de los nudos y líneas que las relaciones van tejiendo dice que: “el suelo forma un dominio en el que las vidas y las mentes de sus habitantes, humanos o no, están completamente anudadas entre ellas” (2018: 81). Esos nudos son los que hay que investigar. Nudos afectivos y afectados.  

Es el mismo Ingold quien reflexiona sobre el tacto, el tocar, el palpar otros objetos y otros cuerpos: “es acariciar una superficie que pertenece a otra cosa”, y afirma que lo acariciado corresponde a algo cuya masa deberá para siempre quedarse en el lado más alejado de una barrera impermeable entre el que toca y lo que es tocado. Es la alteridad irreductible, inapropiable. Y continua respecto del sentir explicando que hay cosas que siendo sensibles no son sintientes. Propone que el árbol, la piedra o el glaciar no son en sí mismo sintientes, pero si están inmersos en sintiencia. “Cada uno puede, por así decirlo, doblarse sobre sí mismo para verse, escucharse y tocarse. Por un lado, mi estar con la piedra, árbol o glaciar; por el otro, el estar conmigo de la piedra, el árbol y el glaciar. El segundo tipo de “estar con” podría decirse es pasional. Es una inhalación de ser, una invasión de la conciencia. Pero el primer tipo se expresa en actividad, en un movimiento de percepción específico lanzado –así como las palabras habladas– en la corriente de la exhalación. Uno junta y contrae (2018: 127-129). La noción de pathos asume los dos aspectos, pues estando con el árbol soy afectado en ese estar conmigo del árbol. Se trata del inter-medio de la exhalación del otro y de la inhalación propia. Allí es dónde lo patético mueve la vida. 

Los estudios del Antropoceno merecen indagar sus múltiples entradas, una de ellas es lo que algunos llaman “ecología afectiva” (Haraway en Tsing et al., 2017, Myers, 2017) la que, como se ha explicitado anteriormente, debe vincularse a contextos de daño, disrupción o padecimiento. No cabe duda de que el mundo de los alerceros y tejueleros permite salir de las investigaciones “clásicas” respecto del Antropoceno o de lo que se entiende como territorios dañados/heridos/dramáticos (Lawner, 2019) instalándonos en otro lugar, y conversando más bien con estudios botánicos, forestales, geográficos, históricos (Urbina, 2011; y el excelente trabajo de Molina et al., 2006), culturales (Castillo, 2012) arquitectónicos, filosóficos y religiosos (Boff, 1996); realizando un verdadero trabajo inter y multidisciplinar.  

1.4 Eco-relatos patéticos del Antropoceno: una propuesta de comprensión territorial.

No solo Donna Haraway, pero sin duda que ella ha propuesto una forma de acceder a la realidad a partir de los relatos o historias que vamos contando. No se trata de cualquier historia ni tampoco de narrarla de cualquier manera. Ella es tajante al decir que “importa qué historias relatan historias y qué conceptos nos permiten pensar otros conceptos” (2016a). Haraway va en búsqueda de las ficciones (así denomina a los relatos o narrativas instaladas en los imaginarios colectivos o sociales) para desenmascararlas, investigando el origen de uno u otro concepto, su uso y sus contextos (1995, 2019). Desde allí es posible dar cuenta de cómo hemos llegado a “ver” lo que vemos y “comprender” como comprendemos. Es decir, la investigación sobre ficciones nos conduce a una forma de conocimiento. La arqueología del lenguaje nos permita comprender una epistemología concreta. Donna Haraway es especialista en esos caminos al revés, en el viaje contra la corriente del tiempo para explicar el presente y abrir un futuro. Los relatos importan.

 En esta investigación se busca dilucidar las historias que la tejuela de alerce va trazando. Seguir el rastro de las historias (storytelling) que brotan en esas territorialidades dañadas de lo humano y no humano. A esos relatos enmarañados contados desde lo afectivo y afectado, relatos contextuales y presentes en los ecosistemas del Antropoceno los denominamos eco-relatos patéticos. (ver figura 3)

Se busca levantar a partir de los eco-relatos patéticos la “capa del territorio” que posiblemente solo aparece a partir de las historias afectivas y afectadas de las personas imbuidas en el mundo de la tejuela de alerce. ¿Habrá allí otros modos de habitar que puedan conducirnos hacia un futuro con sentido? Afirmar el sentido implica superar la idea de una sobrevivencia humana como mera permanencia en el planeta y comprenderla como una comunidad de destino (Jonas, 2004), con un presente y un mañana común entre humanos y no humanos (Braidotti, 2013; Viveiros de Castro, 2014; Latour, 2005). Un habitar con sentido permite que las relaciones que se establecen en los territorios sean constructoras y generadoras de vida, es decir, de futuro. Sentido y futuro van de la mano y ambas dimensiones proporcionan territorialidades significativas y densas, en definitiva, de esperanza.

1.5 Los problemas ambientales y territoriales desde la dimensión patética.

La investigación quiere profundizar lo que Anna Tsing (Tsing et al., 2017) ha llamado “el arte de vivir en un planeta dañado”. Los daños son percibidos de muchas formas, desde el trauma ecosocial debido a algún evento de la naturaleza, hasta las llamadas zonas de sacrificio donde acontece una destrucción socioambiental. Daños de tipo antrópicos, como también daños producto de la naturaleza de la naturaleza.  

Enrique Leff ha pensado mucho los problemas ambientales o, como la denomina, la crisis ambiental. Para Leff el problema es del orden de la metafísica o, como agudamente lo expresa: “la destrucción ecológica de la biósfera es un hecho filosófico” (2018: 168). La crisis es producto de una ontologización y matematización de la vida. Dejamos sencillamente de pensar en la vida. Por la razón y la potencia del logos la vida se volvió contra la vida. La dimensión patética está presente en el pensamiento de Leff a partir de sus referencias filosóficas y de su aguda crítica al logos occidental. Según él, la “filosofía de la vida” vino a revalorizar la comprensión intuitiva frente a la inteligencia racional y la excesiva conceptualización, abriendo así a una comprensión de las relaciones del ser humano en el mundo, que no dependen solo de la razón, sino también de percepciones sensibles y lazos afectivos (2018: 58). Apoyándose en Husserl, Leff puede afirmar que en la experiencia sensible hay una verdad que el logos de la razón no alcanza a tergiversar. Sería importante acceder a esos reductos de verdad almacenados en otras memorias. Este “saber de la vida”, dirá Leff, permitiría alcanzar una comprensión de la vida para construir y habitar un mundo sustentado en, y conforme a, las condiciones de la vida (2018: 93-99). No corresponde aquí seguir profundizando en la propuesta de Leff, pero queda de manifiesto el vínculo entre la dimensión patética y el territorio, pues según el pensador medioambiental mexicano, la crisis radica precisamente allí: en un olvido de lo sensible por una hegemonía del logos sobre la phisis, y de una comprensión de lo real donde el conocimiento sensible ha sido despojado o, al menos, menospreciado.     

2 – Recapitulando. Temporalidades, aproximación y tejuelas.

Los criterios para escoger el caso de estudio ya explicado se basaron, principalmente, en:

    • Un problema ecosocial que escapara de lo publicado en medios de prensa y lo conocido por la opinión pública, es decir, que se mantuviera invisibilizado.
    • La búsqueda de una materialidad que permitiera hilar o entretejer diferentes aspectos ligados al habitar.
    • Una territorialidad rica en temporalidades, donde lo humano y lo más-que-humano tuvieran un protagonismo y una relacionalidad densa.

En base a ello encontré que la tejuela de alerce en su red enmarañada de relaciones múltiples y cómo hilo conductor de temporalidades y espacialidades me permitiría contar una historia más-que-humana y, al mismo tiempo, poder comprender la crisis socioambiental y territorial de otra manera. 

Así, el percurso teórico y la reflexión respecto de los diferentes conceptos fundamentales del proyecto de investigación, permitió elaborar las preguntas que guían este trabajo:

    • ¿Qué territorios develan los relatos contenidos en las experiencias vinculadas al pathos?
    • ¿Cuáles son las huellas del tiempo y de qué manera la relación humano y más-que-humano puede leerse en clave territorial?

Nos aventuramos a esbozar la hipótesis de la investigación:

Seguir las huellas de la tejuela de alerce a partir de la dimensión patética presente en las relaciones humano y más-que-humano, exacerbadas en contextos del Antropoceno, permitirá comprender de otra manera el territorio y las territorialidades. Dicho territorio patético dará pistas para un habitar con sentido, futuro y esperanza en tiempos de crisis ecosocial.

La investigación busca insertarse en el debate teórico marcado por:

    • Campo de los estudios medioambientales
    • Ecología
    • Filosofía Ambiental
    • Antropología
    • Geografía posthumanista
    • Debate en torno al Antropoceno
    • “Racionalidad ambiental”: Modos en que se expresa la vida, como evolución creativa desde las prácticas, ontologías, éticas y un diálogo de saberes a través de los cuales la vida de territorializa; ante la crisis civilizatoria (E. Leff)

Comprender desde diversos ángulos qué es una tejuela, su materialidad, su valoración y uso; como la vida del bosque de alerces, su historia y vínculos con comunidades humanas; como también la historia y oficio de los tejueleros será fundamental. Como se ha dicho, el Antropoceno exige una mirada multiescalar y multidisciplinar (tentacular, diría Haraway); es por esa razón que entrevistas con investigadores, científicos, habitantes, artistas y trabajadores ligados a la tejuela de alerce forma parte nuclear del recorrido investigativo.  

Si es efectivo lo que dice Tim Ingold sobre la atmósfera y el aire, comprendiéndolas en cuanto “medios”, como aquello que permite que nuestras afecciones sean derramadas y compartidas en el mundo que nos rodea (2018: 119), se presenta un gran desafío metodológico y de compenetración personal en la investigación, pues “el aire, como el tiempo y el viento, no se registra, se experimenta” (2018: 119). Entonces ¿Cómo experimentar el pathos presente en la trama de relaciones del bosque, el alerce, el tejuelero y la tejuela? ¿Observando? ¿Participando? ¿Interpretando? ¿Acompañando? En ese sentido el trabajo etnográfico necesitará un gran componente fenomenológico. No solo en cuanto al estar-ahí, sino al percibir lo que estando-ahí sucede, nos sucede y me sucede. 

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  1. Doctorado en Territorio, Espacio y Sociedad. D_TES – Facultad de Arquitectura y Urbanismo. Universidad de Chile. []

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vaguiar (16 de noviembre de 2020). Eco-relatos patéticos en el Antropoceno y las huellas del tiempo en la lectura del espacio: la tejuela de alerce en el sur de Chile. JDFL. Recuperado 13 de julio de 2026 de https://doi.org/10.58079/qk13